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Número Cero, l. a. nueva novela de Umberto Eco, nos descubre l. a. cara oscura del periodismo y los angeles manera en que nuestra realidad está en manos de quienes construyen las noticias

«Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de l. a. erudición está reservado a los perdedores.»

Con estas credenciales se nos presenta Colonna, el protagonista de Número Cero, que en abril de 1992, a sus cincuenta años, recibe una extraña propuesta de un tal Simei: va a convertirse en redactor jefe de Domani, un diario que se adelantará a los acontecimientos a base de suposiciones y mucha imaginación, sin reparar casi en el límite que separa l. a. verdad de l. a. mentira, y chantajeando de paso a las altas esferas del poder.

El hombre, que hasta l. a. fecha ha malvivido como documentalista y en palabras de su ex mujer es un perdedor compulsivo, acepta el reto a cambio de una cantidad huge de dinero, y arranca los angeles aventura. Reunidos en un despacho confortable, Colonna y otros seis colegas preparan el Número Cero, los angeles edición anticipada del nuevo periódico, indagando en archivos que esconden los secretos ocultos de l. a. CIA, del Vaticano y de los angeles vida de Mussolini.

Todo parece ir sobre ruedas hasta que un cadáver tendido en una callejuela de Milán y un amor discreto cambian el destino de nuestro héroe y el modo en que sus lectores vamos a mirar l. a. realidad, o lo que queda de ella.

La crítica ha dicho...
«Umberto Eco ha escrito una novela que es el guide de comunicación de nuestro tiempo.»
Roberto Saviano

«En Número Cero, Umberto Eco escribe una parodia feroz sobre el periodismo y los angeles política.»
Jesús Ceberio, Babelia

«Eco ha liberado su lado más irreverente y disparatado y ha escrito una novela chispeante que nos muestra las tripas de los tabloides, con sus chismes e infundios.»
Rafael Narbona, El Cultural de El Mundo

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Pues Satie, �no? —Pero con Satie no lloras, �verdad? —Claro que no; Satie no lo habría querido, lloro solo con el segundo movimiento de l. a. Séptima. —Luego, tras una pausa—: Y desde l. a. adolescencia, también lloro con algo de Chopin. Desde luego no con sus conciertos. —¿Por qué con sus conciertos no? —Porque si lo quitabas del piano y le ponías delante de una orquesta, ya no sabía qué hacer. Hacía pianismo para arcos, metales y tímpanos. Y además, �has visto esa película con Cornel Wilde en los angeles que Chopin derramaba una gota de sangre sobre el teclado? Imagínatelo dirigiendo a una orquesta, �va y chorrea sangre sobre el primer violín? Maia no dejaba de sorprenderme, incluso cuando creía que l. a. conocía bien. Con ella hasta aprendería a comprender l. a. música. Por lo menos, a su manera. Fue los angeles última noche feliz. Ayer me desperté tarde y llegué a l. a. redacción solo hacia el ultimate de l. a. mañana. Nada más entrar vi hombres de uniforme que rebuscaban en los cajones de Braggadocio, y un tipo de paisano que interrogaba a los presentes. Simei estaba en los angeles puerta de su despacho, térreo. Cambria se me acercó, hablándome bajito como si tuviera que comunicarme un secreto. —Han matado a Braggadocio. —¿Qué? �Braggadocio? �Cómo? —Un vigilante nocturno, esta mañana a las seis, volviendo a casa en bici, ha visto un cadáver tumbado boca abajo, con una herida en los angeles espalda. A esa hora ha tardado bastante en dar con un bar abierto y llamar al clinic y a los angeles policía. Una cuchillada, lo ha establecido inmediatamente el forense, una sola pero asestada con fuerza. Se han llevado el cuchillo. —¿Pero dónde ha ocurrido? —En un callejón que está por donde l. a. through Torino, cómo se llama…, creo que Bagnara o Bagnera. El tipo de paisano se me acercó, rápidas presentaciones, period un inspector de policía, y me preguntó cuándo había visto a Braggadocio por última vez. —Aquí en los angeles redacción, ayer —contesté—, supongo que igual que todos mis colegas. Luego me parece que se fue solo, un poco antes que los demás. Me preguntó, como supongo que a todos, dónde había pasado l. a. tarde y noche. Le dije que había cenado con una amiga, y luego me fui enseguida a l. a. cama. Evidentemente no tenía una coartada, pero parece que no los angeles tenía ninguno de los presentes y el inspector no me pareció muy preocupado. period solo una pregunta, como se cube en las sequence de policías, de rutina. Quería saber, más bien, si me constaba que Braggadocio tuviera enemigos, si como periodista estaba siguiendo alguna pista peligrosa. Ni por asomo me iba a ir de l. a. lengua con él, no por complicidad, sino porque empezaba a entender que si alguien había quitado de en medio a Braggadocio debía de ser por lo de su investigación, y resolví en el acto que, si demostraba que sabía algo, alguien pensaría que también period útil eliminarme a mí. No tengo que hablar ni siquiera con los angeles policía, me decía, �o acaso no me ha dicho Braggadocio que en sus historias estaban involucrados todos, incluso los guardas forestales? Y si hasta ayer pensaba que period un mitómano, ahora su muerte le otorgaba cierta credibilidad.

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